La violencia de género no termina cuando una mujer decide hablar
Periodista y estratega de comunicación
Durante años, frente a la violencia de género,
hemos repetido una recomendación que parece sencilla: denuncia. Pero denunciar,
aunque puede ser el primer paso, no siempre significa que el miedo termine. A
veces pasa lo contrario. La mujer rompe el silencio, identifica a su agresor y
entonces empieza a preguntarse qué pasará cuando salga de la fiscalía. Se
pregunta dónde dormirá, quién cuidará a sus hijos, cómo podrá seguir trabajando
o qué hará si el hombre al que acaba de denunciar decide buscarla.
Ese fue justo el punto de partida de nuestro
reportaje especial “Después de la denuncia: ¿Quién la protege?”. No quisimos
limitar la investigación al momento de la agresión o a la cantidad de denuncias
que recibe el sistema. Queríamos ir más allá. Buscamos entender qué pasa en la
mente de una víctima, cómo se normaliza la violencia, por qué puede tomar años
reconocerla y qué respuestas encuentra cuando por fin decide pedir ayuda.
Una de las historias que conocimos resume lo
difícil que es el problema. Durante 25 años, una mujer soportó violencia
física, verbal, humillaciones y miedo. Por mucho tiempo pensó que lo hacía por
amor, por sus hijos y para conservar su hogar. Su experiencia confirma lo que
los especialistas han dicho durante décadas. La violencia casi nunca empieza
con el primer golpe. Puede comenzar con aislamiento, control,
descalificaciones, celos, dependencia y una pérdida lenta de la autoestima.
Cuando aparece el daño físico, probablemente ya hay una larga historia
emocional detrás.
Los registros oficiales también ayudan a
entender cuán grande es el problema. Entre enero y junio de 2025, la
Procuraduría General de la República registró 31,908 denuncias sobre violencia
de género, violencia intrafamiliar y delitos sexuales. Durante ese mismo
tiempo, se emitieron 18,387 órdenes de protección. Los datos también muestran
que hay mucha violencia verbal y psicológica. Esto nos recuerda que lo que no
deja una herida visible también puede causar consecuencias graves. Gobierno
Abierto
Ahí está uno de los grandes desafíos. Hay que
ver la violencia como un problema de salud pública. Una víctima puede dejar la
casa y seguir viviendo con ansiedad, miedo, insomnio, tristeza, pérdida de
autoestima o una sensación constante de peligro. También puede volver con su
agresor, no porque acepte la violencia, sino porque hay dependencia emocional o
económica, hijos, aislamiento, esperanza de que las cosas cambien o simplemente
falta de una red que la apoye.
Por eso es tan dañino preguntar: “¿Por qué no
te fuiste antes?”. Una sociedad que de verdad quiera ayudar debe cambiar esa
pregunta por otras. ¿Qué le impedía salir? ¿Quién estaba disponible cuando
pidió ayuda? ¿Qué condiciones tenía para comenzar de nuevo?
La violencia tampoco se queda solo entre dos
adultos. Niñas y niños escuchan discusiones que creemos que no oyen. Ven
relaciones de poder, aprenden conductas y pueden copiarlas después. Por eso es
importante trabajar en la prevención desde la familia y la escuela. Hay que
enseñar respeto, límites, cómo resolver conflictos de manera pacífica y cómo
tener relaciones sanas.
El sistema institucional también tiene una
responsabilidad clave. Las Casas de Acogida, las líneas de emergencia, la
asistencia jurídica, la atención psicológica y las órdenes de protección son
herramientas necesarias. La última publicación consolidada de la Oficina
Nacional de Estadística sobre mujeres fallecidas en condiciones de violencia
cubre hasta 2024. Confirma que el país sigue enfrentando un problema que debe
estudiarse con información seria y seguimiento constante. Gobierno Abierto
Pero proteger no puede significar solo poner a
una mujer temporalmente lejos de su agresor. La verdadera protección empieza
cuando puede mantener esa separación. Debe tener seguridad, trabajo, vivienda,
atención psicológica, educación para sus hijos, apoyo legal y una red de
personas que no la deje sola cuando termina la emergencia.
También debemos revisar cómo actuamos como
sociedad. Las familias que juzgan, las instituciones que hacen que la historia
se repita una y otra vez, y los medios que convierten la tragedia en
espectáculo pueden terminar revictimizando a quien finalmente reunió fuerzas
para hablar. El periodismo tiene aquí una gran responsabilidad. Informar no es
solo contar un feminicidio cuando ocurre. También es explicar las señales
previas, mostrar las rutas disponibles, cuestionar las brechas y ofrecer
información que pueda prevenir.
Después de escuchar a víctimas y especialistas,
una idea queda especialmente clara. La denuncia no debe ser el final de la
responsabilidad de una mujer sobre su propia seguridad. Debe marcar el inicio
de la responsabilidad del sistema que recibe su llamado.
Tenemos que avanzar hacia una respuesta que una
prevención, salud mental, protección efectiva, justicia, autonomía económica y
educación. También debemos entender que una ley, una orden judicial o una línea
telefónica son herramientas importantes. Sin embargo, solo tienen verdadero
valor cuando ayudan a una persona en el momento en que las necesita.
Nuestra entrevistada tardó 25 años en
comprender algo que hoy expresa con absoluta claridad:
Eso no es amor. Eso es maltrato. El amor no
lastima.
Quizás ese sea también el mensaje que
necesitamos aceptar como sociedad. Amar no es controlar, humillar, golpear o
causar miedo. Proteger a una víctima no es solo decirle que denuncie.
Se trata de estar presente antes, durante y después.






